Estoy convencido de que la cotidianeidad es la única que puede sorprendernos realmente,… al igual que aleccionarnos. En mi casa casi nunca se habla, todos vivimos concentrados, unos en hacer y deshacer mentalmente los sucesos del día, y otros en colorear nuevos pajarillos; hace un par de días, le dejé escrita a mi madre una carta donde le pedía apoyo para embarcarme en uno de esos proyectos con los que uno, más que chisporrotear de alegría, tiembla de nervios y miedo. Ese par de días los he pasado evitando enfrentarla para conocer su respuesta, pero ayer noche, tras llegar cansado de todo un día de trabajo en la facultad, con diez frases recibí de ella más de lo que necesitaba. Como yo carezco de esa precisión le dedico este pequeño relato para que se sorprenda si alguna vez se pasa por aquí.
La casa del abuelo Tobías
Cuando nombraron al tío Ezequiel capitán de navío nadie en la casa se sorprendió por la noticia, aunque pasara sus días entre paseos silenciosos desde el buró de su habitación a la silla de esparto que había clavado bajo el chopo del jardín, todos habíamos visto los dibujos de barcos que aparecían por toda la casa. Por eso, pese a que la abuela Matilde se pusiera a llorar, y a que la carta hubiera llegado más de un año después de que en su último paseo pasara del chopo y su silla, para seguir camino abajo directo al pueblo; yo entendí que el abuelo Tobías se echara a reír. Al igual que el tío, el abuelo casi siempre prefería estar callado, concentrado en un libro y en los murmullos que llegaban del arroyo que cerraba la finca, se sentaba bajo la sombra de las parras que se enroscaban a las vigas del porche con su perro Atila, y prácticamente solo levantaba la vista cuando recargaba su pipa u oteaba un poco el paisaje. Los días de vacaciones, yo me sentaba en el escalón con los pies descalzos sobre la hierba fresca del jardín; la mayoría de las veces esperaba en vano a que el abuelo Tobías saliera de su lectura y me contara alguna historia, entonces acababa aburrido y me volvía a trotar con mi hermana alrededor de mi tío y del viejo árbol; pero las ocasiones en que mi abuelo hablaba, bien merecían la paciencia. Quizá porque del poco hábito que le daba a su lengua casi no recordaba el orden que debían tener las frases, o porque sabía tanto que le era imposible concretar por dónde empezar la narración, las historias del abuelo siempre tenían algo sorprendente. Aunque mentiría si dijera que alguna vez las entendí realmente, me gustaba oírlo hablar de gentes increíbles, de islas perdidas o de los encantos de alguna mujer pasada. Cuando acababa y volvía a su silencio, yo subía corriendo la escalera de mármol blanco que llevaba a mi cuarto para escribir algún cuento que concentrara todo lo escuchado, durante la carrera me repetía nervioso en la cabeza aquella palabra que más me había impresionado de todas las escuchadas y me imaginaba como un viejo lobo de mar describiendo en una taberna de puerto el paisaje con más encanto del relato. Escribía con el estómago revuelto de pura excitación y en aquellas historias siempre incluía alguna copia de los dibujos del tío Ezequiel que yo había encontrado y procurado esconder antes de que la abuela tirara molesta.
En los cinco años que pasaron tras aquella carta del tío tan solo nos llegaron otras dos más; en la primera venía una foto suya donde aparecía encaramado a la proa del barco, tras él había un mar rubí con algunos acantilados recortados en rojo, había cruzado el cabo de Hornos. La segunda nos comunicó su defunción. Esa mañana mi madre entró en mi cuarto para buscar las historias y los dibujos que había ido guardando, se las llevó todas, hasta las primeras que escribí cuando nadie imaginaba aún que el tío Ezequiel pensaba en marcharse. Después de pasarse la tarde leyéndolas junto a la abuela, ambas se marcharon hacia el arroyo. Recuerdo que las vi sonreír entre lágrimas mientras leían, pero por aquel entonces solo supe enfadarme, pues mis secretos ya habían desaparecido para cuando volvieron, y además el abuelo decidió encerrarse en la biblioteca durante un mes. Poco después, mi madre y yo nos marchamos al pueblo con mi hermana dejando a los abuelos en una casa casi vacía. Conforme crecimos, la costumbre de subir el camino para visitarlos se fue perdiendo, y casi desapareció tras la muerte de la abuela; para entonces nadie entendía ya el silencio del abuelo. Sin embargo, aún cuando me emancipé, yo seguí escribiendo pequeñas historias sobre marineros y grandes viajes que, una vez al mes, subía a dejar bajo la cajita de tabaco que el abuelo Tobías tenía sobre la mesita del porche. Entonces, cuando llegaba el verano y me acercaba al arroyo; cuando el viejo Atila se alejaba y se tendía bajo la ventana del salón, nadie sabe si porque a través de las rendijas del quicio astillado pasaba alguna corriente de aire fresco, o si es que en realidad gustaba de recordar aquellos días donde nos podía ver rebozarnos en la tierra del jardín; si uno miraba hacia la casa podía ver al abuelo Tobías quedarse sólo con aquellas historias sobre el regazo. Aquellas tardes sus ojos se quedaban vidriosos, perdidos en la lejanía y con una expresión triste que negaba la sonrisa que trazaba su boca, donde, tras resbalar cuidadosamente por la piel arrugada, las lágrimas venían a mezclarse devolviendo a su memoria miles de sabores. Tras ese momento, uno tan solo podía quedarse mirando el agua correr, mientras intentaba comprender por qué en aquella vieja casa para querer también uno debía llorar.

muy buena socio, ma gustao mucho.
La verdad es que escribiendo este relatillo me he acordado mucho de nuestro viajecillo por Europa y del libro que llevabas entre manos. Menos mal que me dió por seguir tu ejemplo. ¿Un cigarrito? jajajajaja. Me alegras el día Víctor.
Enorme amigo Jaime, enorme…
solo puedo impresionante de tu potencia narrativa y disfrutar de esos aromas de los que hablas, porque con tu pluma lo haces también que les das vida a todos…
Me sorprende especialmente que lo hayas escrito en tan poquito tiempo y que en este poquito de primavera aun n empezada hayas escrito lo que muchos de nosotros tardariamos un mes en pensar y un par de años en escribirlo tan claro y diafarno…meritoriedad
Creo entrever los hilos que se mueven en la tramoya de tu casa y es bonito que nos lo cuentes en un relato…las casas son bonitas, lindas y felices en funcion de que uno las viva y con esto sabemos que tu casa puede ser muy silenciosa, puede no hablarse, pero desde luego tiene una vida y una potencia desbordantes…
¿para querer uno debe llorar? pues quizas si jaime, enseñame tu como lo haces…reir y llorar no es en realidad tan distinto, son dos maneras de expresar la grandeza de lo que uno siente
mucho amor amigo
Genial Jaime, en serio. Es magnífico. Tengo ganas de ver como crecerá nuestro proyectito bajo tu regazo.
un abrazo nene.
Caballeros
Cada uno desde su camino llegará hasta las estancias del Gran Khan para recitarle las aventuras del recorrido vivido… si entonces nuestras historias no son bien recibidas y nos mandan castigar, a mi tendrán que cortarme el cuello porque el barro de mis pies hace tiempo que coció bajo el sol de una terraza en Reina Mercedes.
[...] Vagueblog:”Cada uno desde su camino”… gozo leyéndote Jaime; cada cosa que publicas es una [...]
La última entrada de TheHumanWay tiene algo para tí.
vaya tio! eso es tuyo?
pues enhorabuenas…
a diario miro tu blog, suerte con lo del viaje!
Querido Jaime
Por invitación de Martin he entrado en tu sitio y he recibido el regalo de tu prosa, llena de percepciones, sentimientos y de imagenes.
Vuestro viaje convertirá los “chisporroteos de alegría” en calientes brasas de vida y amor, y convertirá “los nervios y el miedo” en sólida prudencia.
Love for you all. Vivir cercano a vuestra juventud es un privilegio.
Andres Luque Ruiz
Al igual que lo es para mí descubrir personas capaces de señalarme con un gesto dónde debo buscar la línea que une las ensoñaciones con mis pies.
Muchas gracias Andrés, realmente es una agradable sorpresa y todo un honor
El calor apretaba como lo hace en Agosto, pero la pantalla de la moto iba abriendo una brecha en la atmosfera rielante en la que me movía, protegido. Mas de seiscientos kilometros por detrás y el sol ya iba bajando. Estaba en la provincia de Zamora.
Una señal indicadora decía “Martinamor 12 km”; sonreí bajo el casco acordandome de mi hijo y un ligero giro de muñeca hizo rendir unos caballos más a la incansable Varadero, que rodaba suavemente por aquellas rectas. Pare a repostar y a beber dos litros de agua en quince refrescantes minutos, y otra vez arriba.
El paisaje empezó a cambiar de pronto. La ruta giró decididamente al Oeste: estaba llegando a Galicia. Quedo atras Benavente y la Puebla de Sanabria.
El aire refrescaba en la tarde y los bosques de pinos se hacían más espesos a cada lado. Se sentía el aroma a resina.La carretera estaba desierta y la luz se volvía más transparente, como si el verano estuvierá quedándose atrás. Desde un alto divisé una cadena de montañas. Una hora me llevó alcanzar la base, desde donde trapaba la autovía.
La luz se iba rapidamente y el haz del faro empezaba a distinguirse en el asfalto. A doscientos metros por debajo de la cumbre de un collado se abrían las grandes e iluminadas bocas del tunel de “Portela da Canda” en la Sierra del Canizo. Al salir la vista era espectacular: el sol se ocultaba en el horizonte, en medio de reflejos dorados entre -los conté- 7 cumulonimbos de tormenta. Sus bases oscuras sustentaban gigantescas columnas doradas y capiteles de vapor brillante.
La carretera descendía rápidamente y me tuve que concentrar en la conducción. Me notaba cansado y con esa sensación de torpeza alos mandos. Me pregunté si sería capaz de llegar esa noche a Santiago de Compostela. Para descansar me puse a la cola de un coche durante un rato, mientras programaba descansar en Ourense, el siguiente repostaje.
El chaval de la gasolinera tenía ganas de hablar y me contó que su novia, guardiacivil recien salida de la escuela de Avila, estaba destinada en Sevilla.
Cogí camino -”cantando bajito”, como decía mi Padre- para Santiago, y la noche era deliciosamente fresca y aromatica. La brisa y el olor a verde y tejo pasaba bajo el casco y me refrescaba la cara. No circulaba nadie. Ni en los pueblos se veia un alma.
Llegué a la ciudad y me tuve que parar en dos solitarios semáforos. Ya en el centro había terrazas con gente tomando el fresco. Eran las once y cuarto cuando aparqué en la Plaza del Obradoiro.
Buscaba algo que hiciera referencias a la palabra “camino”. Escribí como casi a diario en el buscador. Y en respuesta y como primera opción: “Cada uno desde su camino” Terraub Vague.
Sin saber nada de tí leo la entrada y los comentarios. Y no puedo dejar de estar de acuerdo con Andrés… “vivir cercano a vuestra juventud es un privilegio”.
Justo en ese momento me doy cuenta que ya tus amigos me habían hecho llegar un aire fresco y caigo en tu edad.
Joder, dónde estuve yo en mi juventud que no viví con gente con tanta capacidad??
Como nunca es tarde si la dicha es buena, sonrío y me alegro de haberte encontrado. Escribes muy bien, llegas de inmediato, transportas, abduces hasta tu paisaje.
No sé el qué pero tienes algo.
Cultívalo a tu manera y disfruta del camino.
Gracias por un momento especial.
Hace muy poco que empece con este blog sin mucha idea de que buscaba realmente en él; quizás no sé describirlo aún, pero sé que aquí está pasando algo bonito. Un amigo me comentó que mi espacio se está convirtiendo en una especie de saloon donde tipos extraños van entrando a pedir su whiskey mientras cruzan miradas intrigantes. Sin duda tu comentario hace que este cruce de caminos tenga más sentido aún, y a mi me invita a tener la mano más rápida. Muchas gracias Adormidera.
bueno la joda del salon del wisky con puertas de resorte tipo western crujientes, molientes y atenticamente aravillosas me la inventé yo, peor se que la memoria colectiva, el lugar común de nuestras mentes maravillosas
bueno yo aun no he bebido ningun wisky aunque quizas lo haga esta noche en que tengo a ruben a la cara y ambos sabemos que contigo le daremos media vuelta al mundo…
son cosas, son humans
aqui estamos todos aquellos que sabemos de tu pluma facil y refinada, todos esos chicos duros y blandos a la vez que tenemos esa coña que se llama corazón, como ADORMIDERA q de repente coje y flipa…yo te propondria tio que vinieras a sevilla a una de nuestras comidas en la terraza del millon de dolares…se feliz man, ama…be yourself, no mather what they say
ah, para Don Andres..mi padre, el editor supremo del sentido del tacto… mil gracias por serlo todo