Antes del escrito debo disculparme, puesto que llevo un par de semanas sobrepasado por el trabajo y no veía el momento de escribir un nuevo post con el que agradeceros a todos las mil y pico visitas que habeis hecho, no solo me alegra saber que más de uno (además de mí) se entretiene con lo que subo por aquí, sino que sois un aliento para seguir adelante deseoso. Muchas gracias a todos.
El zumbido cesa un instante. La mosca, la primera mosca, se ha posado sobre el vidrio de la ventana y frota sus patas; percibe. Retorna al ruido y dibuja un arco estúpido en el aire, choca; no aprehende. Un aludido se incorpora y le abre, ella esta vez se vuelve círculo y escapa, tiene el tiempo justo para alcanzar el lugar, cualquier lugar. Un murmullo rellena el silencio, es la charla del profesor que se extiende por la sala como la mantequilla, mientras, las curvas absurdas que el bicho dejó se han convertido en vectores y líneas de esfuerzo enmarcadas en la pizarra. Cuento el tiempo que llevan mis sentidos en falsa expectación, conocedor de que realmente no me interesa la clase y de que cualquier deficiencia en el discurso me sirve de escudo para no implicarme y replicar entre dientes. De pronto y ante el asombro de los oyentes, los trazos de tiza adquieren volumen y echan a andar; huyen al igual que lo hizo la mosca, solo que estos por la puerta y con más estilo. Entonces empujo hacia el margen del papel los garabatos que se han ido acumulando entre los apuntes, de un salto, me planto fuera buscando algo de sol para limpiarlo todo; hoy me sé otro niño pijo con demasiados derechos vitalicios, no soy más que otro de tantos y, para no perder demasiado tiempo, juzgo a la gente por sus primeros actos. Sin embargo, mis adentros intuyen que algo esencialmente erróneo se esconde en dicha actitud; también en la cerveza y en el cigarrillo que llegan después. Puede que pertenezca a esa generación de tipos e-motivos a los que nadie ha enseñado cómo apreciar las cosas, que reniegan de las circunstancias a la vez que buscan en lugares erróneos algún gesto preclaro que les arroje una conclusión digna de ser consuelo para sus sensibilidades fuera de sitio. Siento, perdido en la más absoluta ambigüedad, que nadie me explicó nunca en qué consistían palabras tan repetidas como libertad o amor, y como recuerdo, me queda cierto desequilibrio, una tendencia interna a mirar las nubes y verlas venir.
Oratio antes de dibujar en el suelo una Rayuela y, sobre la pared, una ventana desde la que asomarme para recibir algún suspiro. Me quedaría sentado, esperando a que todo fuera sucediendo, y echaría raíces al ritmo de alguna canción. Entonces, mientras los que me rodean se aburren sin remedio, me dedicaría a transcribir mil dichos, pues me imaginó que si estos se han guardado en la memoria a lo largo del tiempo, es porque siempre ha aparecido alguien que necesitó que volvieran a recordárselos. Aprendería, pues me falta trabajo para saber escuchar y no olvidar un rostro, a recordar a las personas no solo por lo que sentí, sino por lo que ellas también sintieron. Dejaría, cuando las circunstancias me favorecieran, de temer convertirme en otro que se vio alguna vez Olivera, un uno más que, mientras leía, se alineó infantilmente con el pensar y pasado (¡o el futuro!) del protagonista de algún libro, hasta convertirse en un anti-Gregorovius, en un anti-Traveler o en un enamorado de la Maga; en un Quijote muy lleno a la vista pero con un fondo del que poco se puede sacar, porque me huelo que lo mediático, lo extraordinario, siempre cubre una vergonzosa falta de sinceridad. Es así, cuando vislumbro la tapa verde de un ensayo de John Berger asomando por el bolsillo de una chaqueta, o unos pantalones bonitos pero rotos por el roce del talón; como se acuerda uno del valor real de lo cotidiano; rozando a esa mosca, otra mosca, que nace con los primeros rayos de primavera y vive probando la mierda de todos. Ella debe ser sin duda el auténtico dios, el dios-mosca del detalle, del esfuerzo y del discurrir, la artesana que no entiende de artistas y vive bailando en zig-zag bajo una nube multicolor vista en espectro ultravioleta, quotidie.
Para Andrés Luque Ruiz, por los detalles que he podido ver y vivir en su casa, y porque, desde su lectura de Machado en aquella sobremesa del 2007, las moscas ya nunca serán lo mismo.

Estimado Jaime
“Quotidie”, cotidiano, de “quotidie” en latín: cada día. Hay algo más importante que los pequeños pedacitos de tiempo que forman nuestra vida?.
El tiempo es de lo único de que disponemos. El material precioso y singular. Existe el espacio y el tiempo. El espacio lo tenemos fuera y el tiempo lo cubre todo, y penetra hasta nuestro interior.
Es el tesoro de cada segundo que necesita ser usado con serenidad (ante un tesoro, como la belleza de una mujer hermosa, hay que comportarse con serenidad, en caso contrario uno hace inevitablemente el ridículo).
Con serenidad se puede escribir. Porque escribir es lo mas importante. Nuestra voz, que es la cualidad humana por excelencia, se materializa en la palabra escrita. Un sencillo papel y un boligrafo, una pared de piedra y un tizón, son capaces de contener un poema, sea en signos caligráficos o en las siluetas de animales a la carrera.
También se puede escribir con el corazon doliente y ansioso, pero buscando la serenidad; en caso contrario termina uno desesperado, esceptico y equivocado.
Es como subir una cuesta larga en bicicleta, que te duele hasta la respiración. Cuando llegas arriba puedes maldecirte a ti mismo y pensar que el esfuerzo ha sido vano, o bien dejarte de tonterías y admirar el paisaje mientras la respiración se aquieta y tu cuerpo -siempre sabio, como la madre natura- te administra feromonas.
PD. habeis hecho algo importante; haber escogido vuestro lema “The Human Way”, la manera humana, el camino humano. De vuestra juventud también nace la sabiduría.