Todas las mañanas ocurría igual, eran las siete y veintitrés minutos, el edificio de apartamentos se encontraba en plena hora punta y el motor del ascensor trabajaba sin descanso. Pete Coconut miraba ansioso cómo el botón de llamada se iluminaba una y otra vez indicando nuevos viajes mientras esperaba su turno. Aquel día habían sido solo dos las veces que tuvo que volver sobre sus pasos para no dejar nada necesario en el piso, un buen promedio para lo que él acostumbraba; ahora, de pie frente al ascensor, esperaba confiado poder marcharse de una vez por todas. En compañía de un fuerte chirrido se abrió una de las puertas de la planta y de ella salió uno de sus vecinos, vestía un traje beige impecable solo compatible con el perfecto afeitado de una cara que expresaba cierto cansancio. Buenos días, dijo aquél con tono pausado mientras desviaba su vista al interesante techo, Pete Coconut contestó desganado a la vez que encendía la luz; a pesar del trasiego de gente que manifestaba el ascensor resultaba raro coincidir con alguien, y no había caído en la cuenta de que llevaba un rato a oscuras en el pasillo. El sonido hidráulico volvió a escucharse, los dos tipos siguieron con la mirada el recorrido que imaginaban debía estar haciendo la máquina, deseosos de aprovechar la parada para pulsar el botón. Lo hizo en el piso superior y las dos manos salieron disparadas como un resorte provocando que chocaran torpemente entre sí; se miraron ridículos y emocionados al ver que la bombilla se había encendido al fin, pero la invocación no tuvo resultado alguno, pues fue algún inquilino de más abajo el que estuvo más rápido. El tipo trajeado resopló, Coconut lo hizo por él las tres veces siguientes que se repitió la escena.
Por fin estaban a bordo y bajando las quince plantas que los separaban de la calle; el cubículo no era muy grande y tanto Pete Coconut como su vecino decidieron que la posición más cómoda era situarse frente a frente. Ambos eran bastante altos y la lámpara les iluminaba las caras de forma tensa, la luz les resbalaba desde la frente hasta la nariz y destacaba las arrugas e hinchazones que provoca el dormir. Podemos intuir, tras el corto saludo antes descrito, que la relación entre los dos hombres era más de contar las telarañas escondidas en los rincones que de intercambiar palabra; de este modo, durante el descenso el uno y el otro se dedicaron a intentar convertir lo molesto en indiferente, manteniéndose callados y repasando la cabina, la hora de sus relojes o las tareas que les quedaban por delante. Se abrió la puerta y una señora que esperaba su turno distraída en hacer carantoñas a su perro, pegó un respingo sorprendida de encontrar lleno el ascensor, Buenos días señora, la saludó el tipo de beige con su insistente falta de entusiasmo, ella no contestó, se metió también directa en la cabina con aire molesto, no se sabe si culpándolos a ellos o a sí misma por el sobresalto. Coconut procuró salir flechado del edificio y, veía ya la boca de metro, cuando se echó la mano al bolsillo en busca de su abono; no se sorprendió por no llevarlo así que, cual autómata, se dio la vuelta repasando la lista de pantalones en los que pudiera estar olvidado. Se plantó de nuevo en el portal y comprobó que volvía a estar vacío a pesar de que la maquinaria del ascensor no parecía haber parado; así, mientras esperaba y pulsaba el dichoso botón de forma periódica por si había suerte, pensó que sería divertido tratar de repetir el brinco de la señora con el próximo que bajara desprevenido y absorto. Cada vez que el ascensor parecía acercarse, Pete Coconut se pegaba a la puerta y preparaba su Bu. ¡Buuu! Pero resultó que la puerta se acabó abriendo sin nadie. Ante el fracaso marcó su planta y comenzó la subida pensativo, le hubiera gustado confirmar que en aquel edificio vivían todos tan concentrados en sus rutinas que un simple encuentro de ascensoristas les suponía un sobresalto incómodo; el apreciarlo podía significar que él sí controlaba un poco la situación, aunque debiera darse prisa de una vez si quería evitar llegar otra vez con un retraso imperdonable al trabajo, coger su tarjeta y salir. Cuando la puerta se abrió, Coconut aun no se había dado cuenta de que ya había llegado a la planta dieciséis y dio un bote ante la cara del nuevo vecino que se asomaba para entrar, eran las siete y treintaiséis de la mañana y ahora ya sabía dos cosas, que posiblemente la falta de convivencia conlleva más de un susto absurdo y que por muy rápido que encontrara él su bono, de nuevo tendría que quedarse esperando que estuviera libre ascensor.

Como siempre, sensible, inteligente, audaz y descriptivo…es un placer pasear por nuestra casa-blog, que es un utero realmente y caer de repente en un de los ovarios, el terrain vague, que de vago tiene solo el nombre, porque confieso que me impresiona la energía de este proyecto literario y el número de visitas…te lo mereces James… en realidad todos esos jodidos desertores del mayoritarismo estamos avidos de cositas ricas y chipeantes como estas…como Leopadi, conviertes el pozo en torre y nos devuelves la esperanza…franternización mental supongo
ascensor? piensa que pasaremos 88 horas en un tren, que es basicamente lo mismo, pero radicalmente diferente…
tu, como cabeza, podrias escribir una joda que hablara de un versus tren-ascensor…su origen, las cosas que se desarrollan dentro, el humano que todo lo hace absurdo…pero realmente sería una joda por que a jimmy creador no se lo orienta o altera o jode con ideitas de a media noche…
solo, eso si, te pido que nunca dejes de ofrecer palabra agil, incluso dura, pensamiento agudo, incluso frágil. se te da inmensamente bien y eso nos hace felices querido human.
Yo particularmente tendría que drenarme y no solo de cerveza para alcanzar un razonable o explotable estilo Burroughs o Kerouac, que me motivan porque escriben a borbotones y eso, de voluptuoso y exhuberante que es me atrae. ya se verá
Bueno, ante todo gracias por los animos y sinceramente espero que no solo te guste, sino que te anime, inspire o qué se yo, a soltar esa mano como tú me hiciste con el dibujo; la verdad es que te sorprendería la libertad de pensamiento que te ofrece un blog y poder darle un fin a las chorradas que se te ocurren; buenos o malos, estos escritos se convierten en pequeños proyectos que de algún modo entrenan y estructuran la cabeza a través de sus pequeños misterios y dificultades. Además se trata de una experiencia de cara al público y hay que entrenarse pensando en este verano!!!
Respecto a lo del tren-ascensor, tenía algo similar en la cabeza, pero se trataba de una analogía entre ascensor, metro y avión como elementos con el mismo comportamiento en las diferentes escalas del movimiento humano. Un proceso de 88 horas pierde el matiz de lo instantáneo, me recuerda más a las jodiendas de Einstein con su e=mc2 y la velocidad de la luz, puesto que estoy convencido de que las palabras EDAD y TIEMPO resonaran con eco y absurdas en nuestros oídos después de esa experiencia, pero ya hablaremos tú y yo.
Un abrazo colega