
No sabía si poner uno del rey o directamente uno de un perro, pero bueno, estos son más del pueblo...
Así es como se empieza un “capitulo”, un tipo pone unas palabras, las cierra con un punto y a parte y en el siguiente párrafo empieza a hablar de otra cosa que solo roza levemente el contenido de la sentencia inicial. Por entre la frase aparece un nombre, Edén, lugar común a la vez que gran desconocido, y el enigma se vuelve tan complejo que los muchos sentidos que me vienen a la cabeza acaban atrapándome en la lectura. Continúo y descubro entre las páginas un sentimiento de nostalgia, el escritor no parece entenderse lo más mínimo y se apura en buscar las contradicciones del comportamiento; poco a poco lo que me parecieron mil conjeturas se van transformando en una sola, justo la que yo venía rumiando desde antes de abrir el libro, como si sobre mi cogote estuviera clavada la mirada del autor. Sigo avanzando aunque el disfrute me provoque la necesidad casi física de esconderme; sigo hasta que un gesto me hace ceder, he vuelto una página para releer lo dicho y mi mente ya está donde en seguida me tendré que llevar la lectura, al excusado.
Para quien mal se pregunte, el excusado es aquel sitio donde todos nos sentimos iguales; pero no os equivoquéis, ni es uno de los cuartos de la casa, ni se encuentra en el fondo derecha de nuestros pasillos. El excusado es el local humedecido con agua bendita que siempre está en la esquina más lejana, para que te cueste vergüenza acercarte y esfuerzo volver con expresión victoriosa. Es un lugar en el que echar el pestillo y abandonarse a los placeres de la desgana y la escatología, pues allí no hay lápiz ni herramienta con la que sentir la obligación de ocupar las manos, tan solo se hace aquello que nos sale de lo que antaño se escondía tras la hoja de la parra. Posiblemente, para de él hacer buen uso hay que ser algo idiota y dejarse ir, por inercia que no por gravedad, en esos momentos en los que no apetece dar “síes”, “noes” o “dependes” que nos enfrenten a la realidad; por eso, aunque se sepa de antemano que por entrar hoy no te librarás de volver mañana, tanto del cigarrillo, como del libro de cabecera o del solitario spider sale uno como nuevo. Sin embargo, por atractivo que parezca vivir en este Paraíso terrenal del “ahora paso”, donde no importa mover un solo punto de lo que dicen es la vida, más nos vale no entrar estreñidos y salir veloces, pues frente al trono del reposo algún sabio colocó un buen día el espejo encargado, sin ánimo de ofender, de devolvernos la imagen algo asquerosa que ofrecemos a veces.