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El viajero

Mi amigo Víctor sobre el cabo Sunio, Grecia

Mi amigo Víctor sobre el cabo Sunio, Grecia

Subidos a un coche, dirección sur por una carreterilla que serpenteaba entre cultivos, cuando el sol ya se tendía para cegarnos con cada curva o cambio de rasante, una chica me preguntó si me consideraba un buen compañero de viaje; yo contesté un poco a la ligera y le dije que sí, que me reía cuando me tenía que reír, que me emborrachaba cuando me tenía que emborrachar y que filosofaba cuando tenía que filosofar; en definitiva, que estaba abierto a cualquiera de las búsquedas que un viaje pudiera tener para mis compañeros. Inmediatamente se me vino a la cabeza un personaje que aparece en el llamado “On the road” de Jack Kerouac, creo que su nombre era Ed Dunkel y aparecía como un tipo que se iba embarcando en aventuras de carretera sin motivo aparente, sólo por seguir la hiperactividad de Dean Moriarty (quien quiera saber más que se lea el libro). Me pregunté si aquello que acababa de decir me describía como un tipo pusilánime y falto de auténtico interés, disperso entre las miles de iniciativas que se le plantean,  concluí que mi respuesta había sido tan solo una verdad a medias. No puedo negar que el viaje me abruma, cualquier trayecto sobrecarga tanto mi cabeza con impresiones, que en cierto modo me acaba superando y extenuando hasta volverme un hombre dócil para el que cualquier cosa que llegue supone un aliño más. Sin embargo, esta explicación, más allá de dejarme por los suelos, no explica por qué disfruto tanto en el camino.

Los dos seguimos hablando animadamente, pero yo estaba un poco en todos aquellos sitios a los que he llegado y de los que he vuelto, recordé algunos de esos lugares que en algún momento dejé con desgana por no haber llevado la cámara o no haberme sentado un rato a dibujar, pensé que en realidad no me importaba, que si tenía algo que desear era el poder pasearlos una y otra vez, simplemente mirando. Viajar es para mí ante todo una actividad reflexiva, supone una asimilación constante de detalles que me gusta disfrutar en silencio, sin molestar, pero también sin que me molesten, y quizá por ello ahora pienso que afirmé demasiado rápido para responder a aquella chica, puede que no sea un buen compañero de viaje porque para mí va viajar va por dentro y solo de vez en cuando sale a la luz.

Sin embargo, creo que las mejores historias siempre suceden en un coche y camino hacia algún sitio, cuando a alguien cercano se le escapa una pregunta que te hace alcanzar algún punto de tu interior, aunque tras eso no llegues nunca a un destino y de alguna forma siempre acabes volviendo al punto inicial.

Grises color noche

Sí señor, un tipo duro

Sí señor, un tipo duro

Aquí teneis una prueba de la historieta en la que estoy trabajando; más allá de retoques futuros, se trata de la primera página de una trama detectivesca. El dibujo me ha llevado unas cuantas horas de trabajo probando degradados con el lápiz y sobretodo la manera de representar un ambiente lluvioso de forma convincente (resultado del que aún no estoy demasiado contento pero que tomo como un paso). Quizás recuerde un poco a la estética de Sin City, más quisiera, pero no he usado como referencias ni el cómic ni la película, es simplemente otra prueba de que mi archivo visual está más limitado de lo que pensaba.

Una vista de Bilbao

Noche en bilbao

Todavía con la mente un poco difusa por culpa de toda la cerveza que nos habíamos bebido por la mañana, sobre las 8h de la tarde me encontraba sentado en el asiento trasero de una furgoneta de carga, llena de aparejos y telas revueltas, que tenía un fuerte olor a amoniaco. La ventanilla tintada oscurecía las luces de la noche bilbaína y le daba a sus calles un toque que en mi estado de levedad, percibía casi como magia. Desde un principio el viaje había sido atípico, en pie a las 6h de la mañana, nos habíamos plantado temprano y sin sentir recorrido alguno en Bilbao; primero el avión, después un rato de autobús por carreteras con señales verdes en lugar de las clásicas azules que tenemos por aquí, y de pronto, cruzar el Nervión pasando literalmente sobre la nueva puerta de la ciudad, el museo Guggenheim. Había sido la única ráfaga antes de la primera cerveza que cayó en mis manos, tras la que siguieron otras tantas en diferentes bares, la única hasta ese momento en el que, recorriendo lo que debiera ser la circular de la ciudad con destino a Barakaldo, esa ventanilla tintada me mostraba una ciudad que se había agarrado a las chepas de los montes que flanqueaban la ría. Me imaginé a las gentes de Bilbao lanzando aquella colección de puentes de todas las épocas y formas, elevando esas carreteras que descansaban sobre enormes pilares de hormigón armado, hasta atar toda la orografía y colocar cada edificio en el sitio justo. Entonces, tras realizar el esfuerzo, me habían dado un cristal oscurecido para que sus farolas se transformaran en farolillos que se extendían desde los paseos y grúas portuarias de la orilla, hasta la cresta más alta de las que recortaban el cielo nuboso. Estaba completamente estimulado, por el viaje, por todo lo que estaba sucediendo ahí fuera, por descubrir un campo de fútbol de césped o una pequeña manifestación a favor de los presos etarras en la plaza de uno de los pueblos-dormitorio; en definitiva, por todos esos detalles que me dejaban patentes las particularidades de esa tierra. Creo que ese fue el único momento de nuestro viaje a Bilbao en el que me detuve y fui consciente a la manera de siempre de que tras tantos kilómetros hechos, mi cabeza apuntaba a otro diferencial de cielo. El resto del tiempo lo he pasado entre licores, las gentes de Bizkaia y un buen grupo de colegas, cada uno de su mundo pero con muchas ganas de reír, para comprobar que más fácil que encerrarse en la figura del típico poeta (o arquitecto) muerto por hambre (o por egolatría) dedicado en demasía a los enredos filosóficos, tema al que quizás debiera dedicar un post, es dejarse llevar muy a posta para ver las pequeñas cosas que van sucediendo mientras lo comentas bien rodeado. Chapó para los trianeros que me han dejado acompañarlos y eskerrik asko para aquel que lo entienda, sobre todo si tenemos en cuenta que os habla un bético desplazado a ver al eterno rival; sin duda el fútbol era lo de menos.

Creo que el primer recuerdo que tengo de Italia es de uno de los cuadros de mi padre. En aquel dibujo aparecía una señora gorda e inmensa flotando sobre lo que debían ser las llanuras mejicanas, con un montón de tipos vestidos de cuatrero que surcaban los cielos sobre su espalda mientras cantaban y daban vivas a la Revolución. Como debéis estar pensando, aquel dibujo no tenía nada que ver con el país transalpino, salvo que quizás, para un crío que todavía no había conocido mujer que le orientase en el maravilloso mundo de los matices, del caqui y del añil, los colores del vestido de la señora voladora eran los de la bandera de Méjico, es decir, exactamente los mismos que los de la bandera italiana. A parte de ese pequeño detalle que sin duda nunca se sostuvo más allá de mi imaginación, cuando curioso le pregunté a mi padre, resultó que la escena representada pertenecía a una viñeta de uno de los comics que tenía en la estantería del “cuarto del fondo”. En aquella estantería llena de libros uno podía encontrar la colección completa de Tintín, parte de la de the Spirit o la de Marsupilami, más unos cuantos de volúmenes con títulos y en idiomas diferentes. Así, empecé a leer, imaginando que los entendía, comics en inglés, en francés y con especial interés, en italiano,  puesto que mi padre me contó que los había comprado antes de que yo naciera durante sus viajes como empleado de una empresa italiana. Desde aquel momento, comencé a asociar Italia con un pasado difuso que me parecía fascinante, el llamado a.M. (antes de Mí) repleto de esas intrigantes historias que cuentan tus familiares y de imágenes de mi padre hablando en italiano con un tipo de Venezuela o Angola disfrazado en plan Tintín (¿acaso allí se hablaba italiano? Qué más da, los críos son así).

De una manera u otra por mi casa siempre fui encontrando pequeños detalles que hacían referencia a dicho país y a las aventuras parentales; a veces se trataban simplemente de fotografías, pero si trasteaba entre sus libros, de vez en cuando podía aparecer un diccionario lleno de palabras curiosas o más comics con dibujos que nada tenían que envidiar a lo extraño de la obesa flotante. Sin embargo yo casi nunca preguntaba por Italia, incluso me acostumbré a ojear aquellos comics en secreto (seguramente porque entre ellos había más de uno erótico) y no sería hasta los doce años cuando consiguiera formarme una idea más clara. De aquel verano del 98 recuerdo ver San Siro durante un viaje en taxi por Milán, recuerdo Venecia, los escalones llenos de resbalosas algas que bajaban hasta el agua del canal, el olor que desprende mucha gente bajo el sol cuando eres bajito y lo extraño que me resultó que a un gondolero le sonara el móvil. También recuerdo el aspecto coqueto de Belluno, el búho morado que aparecía en los anuncios de su estación de telecabinas hecha de madera y a la dueña del pequeño hotel donde dormimos llamando “bastardo” a su hijo mientras peleaban a gritos. Pero sin duda, lo que mejor recuerdo de aquel viaje es la expresión de satisfacción que mi padre ponía cuando hablaba italiano, aquella sonrisa que siempre sacaba justo después de terminar una conversación, aunque hubiera sido con la cajera de un supermercado o el recepcionista de un hotel y que yo no comprendía muy bien.

Volví a ver aquella misma expresión en mi segundo viaje a Italia años más tarde. Por aquel entonces el país para mí, como tantas otras cosas, ya había empezado a resumirse en una sola cosa: Arquitectura. Yo andaba recopilando fotografías de piedras con forma en medio de un interrail con mi amigo Víctor, cuando nos encontramos a mi padre en Roma; literalmente nos topamos con él en medio de la via del Corso, una gran avenida de la ciudad que llega hasta la famosa Piazza Venezia. Aquella noche cenamos juntos y quedamos en Nápoles para dentro de un par de días. Fue allí, viéndolo perderse por las calles de esa estrambótica ciudad, guiándonos por callejuelas mal iluminadas en busca de lugares particulares donde comer una auténtica pizza, o charlando animadamente con el camarero de un restaurante, cuando volvía a ver aquella expresión pletórica con la que, de algún modo y sin saberlo, yo identificaba a Italia.

Quizá por ello, cuando un tiempo después volví a sacarme un poco los estudios de la cabeza y decidí buscar mi pequeña parcela de satisfacción, no necesité pedir opiniones para que Italia fuera el país donde experimentar mi primer año de independencia y contrastar mis claroscuros. Hoy, además de piedras bonitas, diccionarios que no son de inglés y comics curiosos; Italia también es para mí, entre otras cosas, la fermata Rovereto, el cinema Odeon, un beso en Bologna o mi spresso de las mañanas; porque posiblemente, si cuando hablo italiano me acuerdo de esos detalles, también a mi me saldrá esa sonrisa que un día no entendí.

Una de las portadas con las que comenzó mi pequeña mitología personal

Una de las portadas con las que comenzó mi pequeña mitología personal

Hace poco me dediqué a revisar la estantería de comics de mi padre, me había planteado volver a intentar una pequeña tira pero hacía mucho tiempo que me conformaba con dibujar arquitectura, volver a esas historias me despejó toda duda. El resultado son estas tres paginitas de mi cuaderno donde intento habla de esas tardes de un poco de inspiración y otro tanto de obsesión, basándome para ello en la letra de la canción de Pink Floyd “Have a cigar”. Espero que os guste:

página 1

p1

página 2

p2

página 3

p3

Con buen pie

Supongo que es como debe empezar toda empresa que uno se propone si no quiere acabarla arrastrando, así que he esperado para comenzar este blog a un día en el que me apeteciera especialmente pasarme la tarde investigando frente al ordenador. La noche de ayer la perdí (o la gané según se mire, porque estuve despierto) en la sala de estudio de mi facultad, terminando una de esas míticas entregas que año tras año modifican más mis horarios para convertirme en un noctámbulo irreductible; por lo que levantarme hoy a las 15:00h ha sido una oportunidad de comenzar el día de una forma productiva e interesante.

La verdad es que parecía algo sencillo, pero plantear un lugar tan amplio, donde vas a ir introduciendo temas que aún no estás seguro de poder concretar, sumado a la cantidad de pestañitas y palabros que un tipo con la iniciación justa en informática tiene difícil entender, me ha hecho pensar que sería bueno darle a esto un poquito de profundidad. Y es que, no sé si lo leerá alguien, tampoco cuándo me aburrirá la experiencia; pero me motiva intentar conseguir un buen trabajo que espero tenga un mínimo de interés.

En principio se me ocurrió hacer un blog para ir subiendo los dibujillos y las historias que voy creando en mis ratitos de inspiración, pero quién sabe, la verdad es que es un buen método para comunicar miles de cosas y sobre todo para implicarse en ellas, algo que sinceramente me parece un reto.

En fin, os envío a todos saludos y deseo que os atraiga lo que ahora comienza, veamos dónde queda este listón que me estoy planteando gratuitamente.

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