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Será mi debilidad por la animación, pero llevo un rato riéndome, así que os lo paso. Lo mejor, cuando pasa de la gorda… ¡Viva el sentido del humor!

Sí… es verdad, el final es demasiado facilón.

Nuevas ideas entre manos

Desde un tiempo acá, y no con la prisa que querría, estoy dedicando mis ratos libres a dibujar el pequeño proyecto que me ha planteado un amigo; resulta que de un sueño le salió una historia, y que después me la vino a contar como debería hacerse por ley, cuando estábamos sentados con una cerveza y en uno de los primeros días de pleno sol que ha tenido este año. Tengo que confesar que me hizo ilusión saber que ha tenido plena confianza en mí y en mi creatividad para realizar algo que para él es importante; además me ha dado una gran oportunidad para ponerme a prueba con una historia compleja.

Como veréis por la imagen adjunta se trata de un cómic que se llamará “the Story of the Search for Beauty by the Walking Human”, la primera escena se plantea en una taberna de puerto, así que he estado concentrándome en pensar mientras practicaba caras que sirvieran de ambientación.

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El excusado

No sabía si poner uno del rey o directamente uno de un perro, pero bueno, estos son más del pueblo...

No sabía si poner uno del rey o directamente uno de un perro, pero bueno, estos son más del pueblo...

Así es como se empieza un “capitulo”, un tipo pone unas palabras, las cierra con un punto y a parte y en el siguiente párrafo empieza a hablar de otra cosa que solo roza levemente el contenido de la sentencia inicial. Por entre la frase aparece un nombre, Edén, lugar común a la vez que gran desconocido, y el enigma se vuelve tan complejo que los muchos sentidos que me vienen a la cabeza acaban atrapándome en la lectura. Continúo y descubro entre las páginas un sentimiento de nostalgia, el escritor no parece entenderse lo más mínimo y se apura en buscar las contradicciones del comportamiento; poco a poco lo que me parecieron mil conjeturas se van transformando en una sola, justo la que yo venía rumiando desde antes de abrir el libro, como si sobre mi cogote estuviera clavada la mirada del autor. Sigo avanzando aunque el disfrute me provoque la necesidad casi física de esconderme; sigo hasta que un gesto me hace ceder, he vuelto una página para releer lo dicho y mi mente ya está donde en seguida me tendré que llevar la lectura, al excusado.

Para quien mal se pregunte, el excusado es aquel sitio donde todos nos sentimos iguales; pero no os equivoquéis, ni es uno de los cuartos de la casa, ni se encuentra en el fondo derecha de nuestros pasillos. El excusado es el local humedecido con agua bendita que siempre está en la esquina más lejana, para que te cueste vergüenza acercarte y esfuerzo volver con expresión victoriosa. Es un lugar en el que echar el pestillo y abandonarse a los placeres de la desgana y la escatología, pues allí no hay lápiz ni herramienta con la que sentir la obligación de ocupar las manos, tan solo se hace aquello que nos sale de lo que antaño se escondía tras la hoja de la parra. Posiblemente, para de él hacer buen uso hay que ser algo idiota y dejarse ir, por inercia que no por gravedad, en esos momentos en los que no apetece dar “síes”, “noes” o “dependes” que nos enfrenten a la realidad; por eso, aunque se sepa de antemano que por entrar hoy no te librarás de volver mañana, tanto del cigarrillo, como del libro de cabecera o del solitario spider sale uno como nuevo. Sin embargo, por atractivo que parezca vivir en este Paraíso terrenal del “ahora paso”, donde no importa  mover un solo punto de lo que dicen es la vida, más nos vale no entrar estreñidos y salir veloces, pues frente al trono del reposo algún sabio colocó un buen día el espejo encargado, sin ánimo de ofender, de devolvernos la imagen algo asquerosa que ofrecemos a veces.

The Human Way: presupuestos

Ya he puesto a punto la sección “THW” del blog explicando un poco la idea en la que se basa mi proyecto para el verano, estamos buscando publicidad y patrocinadores que nos apoyen, por lo que espero que os resulte de interés.

Os dejo el modelo y el presupuesto de lo que estimamos será el viaje, aunque indudablemente falta mucho por concretar. Si alguien tiene algo que aportar estamos muy interesados en escucharlo, pero… ¿creo que tiene buena pinta no?

Nuevo calendario y presupuestos

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Todas las mañanas ocurría igual, eran las siete y veintitrés minutos, el edificio de apartamentos se encontraba en plena hora punta y el motor del ascensor trabajaba sin descanso. Pete Coconut miraba ansioso cómo el botón de llamada se iluminaba una y otra vez indicando nuevos viajes mientras esperaba su turno. Aquel día habían sido solo dos las veces que tuvo que volver sobre sus pasos para no dejar nada necesario en el piso, un buen promedio para lo que él acostumbraba; ahora, de pie frente al ascensor, esperaba confiado poder marcharse de una vez por todas. En compañía de un fuerte chirrido se abrió una de las puertas de la planta y de ella salió uno de sus vecinos, vestía un traje beige impecable solo compatible con el perfecto afeitado de una cara que expresaba cierto cansancio. Buenos días, dijo aquél con tono pausado mientras desviaba su vista al interesante techo, Pete Coconut contestó desganado a la vez que encendía la luz; a pesar del trasiego de gente que manifestaba el ascensor resultaba raro coincidir con alguien, y no había caído en la cuenta de que llevaba un rato a oscuras en el pasillo. El sonido hidráulico volvió a escucharse, los dos tipos siguieron con la mirada el recorrido que imaginaban debía estar haciendo la máquina, deseosos de aprovechar la parada para pulsar el botón. Lo hizo en el piso superior y las dos manos salieron disparadas como un resorte provocando que chocaran torpemente entre sí; se miraron ridículos y emocionados al ver que la bombilla se había encendido al fin, pero la invocación no tuvo resultado alguno, pues fue algún inquilino de más abajo el que estuvo más rápido. El tipo trajeado resopló, Coconut lo hizo por él las tres veces siguientes que se repitió la escena.

Por fin estaban a bordo y bajando las quince plantas que los separaban de la calle; el cubículo no era muy grande y tanto Pete Coconut como su vecino decidieron que la posición más cómoda era situarse frente a frente. Ambos eran bastante altos y la lámpara les iluminaba las caras de forma tensa, la luz les resbalaba desde la frente hasta la nariz y destacaba las arrugas e hinchazones que provoca el dormir. Podemos intuir, tras el corto saludo antes descrito, que la relación entre los dos hombres era más de contar las telarañas escondidas en los rincones que de intercambiar palabra; de este modo, durante el descenso el uno y el otro se dedicaron a intentar convertir lo molesto en indiferente, manteniéndose callados y repasando la cabina, la hora de sus relojes o las tareas que les quedaban por delante. Se abrió la puerta y una señora que esperaba su turno distraída en hacer carantoñas a su perro, pegó un respingo sorprendida de encontrar lleno el ascensor, Buenos días señora, la saludó el tipo de beige con su insistente falta de entusiasmo, ella no contestó, se metió también directa en la cabina con aire molesto, no se sabe si culpándolos a ellos o a sí misma por el sobresalto. Coconut procuró salir flechado del edificio y, veía ya la boca de metro, cuando se echó la mano al bolsillo en busca de su abono; no se sorprendió por no llevarlo así que, cual autómata, se dio la vuelta repasando la lista de pantalones en los que pudiera estar olvidado. Se plantó de nuevo en el portal y comprobó que volvía a estar vacío a pesar de que la maquinaria del ascensor no parecía haber parado; así, mientras esperaba y pulsaba el dichoso botón de forma periódica por si había suerte, pensó que sería divertido tratar de repetir el brinco de la señora con el próximo que bajara desprevenido y absorto. Cada vez que el ascensor parecía acercarse, Pete Coconut se pegaba a la puerta y preparaba su Bu. ¡Buuu! Pero resultó que la puerta se acabó abriendo sin nadie. Ante el fracaso marcó su planta y comenzó la subida pensativo, le hubiera gustado confirmar que en aquel edificio vivían todos tan concentrados en sus rutinas que un simple encuentro de ascensoristas les suponía un sobresalto incómodo; el apreciarlo podía significar que él sí controlaba un poco la situación, aunque debiera darse prisa de una vez si quería  evitar llegar otra vez con un retraso imperdonable al trabajo, coger su tarjeta y salir. Cuando la puerta se abrió, Coconut aun no se había dado cuenta de que ya había llegado a la planta dieciséis y dio un bote  ante la cara del nuevo vecino que se asomaba para entrar, eran las siete y treintaiséis de la mañana y ahora ya sabía dos cosas, que posiblemente la falta de convivencia conlleva más de un susto absurdo y que por muy rápido que encontrara él su bono, de nuevo tendría que quedarse esperando que estuviera libre ascensor.

The Human Way

Saludos a todos y en especial a los humans, la verdad es que no me quiero enrollar demasiado en este post, espero que sea el primero de los muchos que os irán detallando la nueva sección que abro en el blog. Para aclimataros os recomiendo que visitéis el espacio de mi amigo Rubén, todo un ejemplo de cómo organizar un viaje (o vivir una ilusión), y descubráis de qué va el asunto; si os parece interesante, volved y pinchad aquí:

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Nota: el contenido del archivo es aún un esquema. ¡Estamos trabajando!

Quotidie

Antes del escrito debo disculparme, puesto que llevo un par de semanas sobrepasado por el trabajo y no veía el momento de escribir un nuevo post con el que agradeceros a todos las mil y pico visitas que habeis hecho, no solo me alegra saber que más de uno (además de mí) se entretiene con lo que subo por aquí, sino que sois un aliento para seguir adelante deseoso. Muchas gracias a todos.

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El zumbido cesa un instante. La mosca, la primera mosca, se ha posado sobre el vidrio de la ventana y frota sus patas; percibe. Retorna al ruido y dibuja un arco estúpido en el aire, choca; no aprehende. Un aludido se incorpora y le abre, ella esta vez se vuelve círculo y escapa, tiene el tiempo justo para alcanzar el lugar, cualquier lugar. Un murmullo rellena el silencio, es la charla del profesor que se extiende por la sala como la mantequilla, mientras, las curvas absurdas que el bicho dejó se han convertido en vectores y líneas de esfuerzo enmarcadas en la pizarra. Cuento el tiempo que llevan mis sentidos en falsa expectación, conocedor de que realmente no me interesa la clase y de que cualquier deficiencia en el discurso me sirve de escudo para no implicarme y replicar entre dientes. De pronto y ante el asombro de los oyentes, los trazos de tiza adquieren volumen y echan a andar; huyen al igual que lo hizo la mosca, solo que estos por la puerta y con más estilo. Entonces empujo hacia el margen del papel los garabatos que se han ido acumulando entre los apuntes, de un salto, me planto fuera buscando algo de sol para limpiarlo todo; hoy me sé otro niño pijo con demasiados derechos vitalicios, no soy más que otro de tantos y, para no perder demasiado tiempo, juzgo a la gente por sus primeros actos. Sin embargo, mis adentros intuyen que algo esencialmente erróneo se esconde en dicha actitud; también en la cerveza y en el cigarrillo que llegan después. Puede que pertenezca a esa generación de tipos e-motivos a los que nadie ha enseñado cómo apreciar las cosas, que reniegan de las circunstancias a la vez que buscan en lugares erróneos algún gesto preclaro que les arroje una conclusión digna de ser consuelo para sus sensibilidades fuera de sitio. Siento, perdido en la más absoluta ambigüedad, que nadie me explicó nunca en qué consistían palabras tan repetidas como libertad o amor, y como recuerdo, me queda cierto desequilibrio, una tendencia interna a mirar las nubes y verlas venir.

Oratio antes de dibujar en el suelo una Rayuela y, sobre la pared, una ventana desde la que asomarme para recibir algún suspiro. Me quedaría sentado, esperando a que todo fuera sucediendo, y echaría raíces al ritmo de alguna canción. Entonces, mientras los que me rodean se aburren sin remedio, me dedicaría a transcribir mil dichos, pues me imaginó que si estos se han guardado en la memoria a lo largo del tiempo, es porque siempre ha aparecido alguien que necesitó que volvieran a recordárselos. Aprendería, pues me falta trabajo para saber escuchar y no olvidar un rostro, a recordar a las personas no solo por lo que sentí, sino por lo que ellas también sintieron. Dejaría, cuando las circunstancias me favorecieran, de temer convertirme en otro que se vio alguna vez Olivera, un uno más que, mientras leía, se alineó infantilmente con el pensar y pasado (¡o el futuro!) del protagonista de algún libro, hasta convertirse en un anti-Gregorovius, en un anti-Traveler o en un enamorado de la Maga; en un Quijote muy lleno a la vista pero con un fondo del que poco se puede sacar, porque me huelo que lo mediático, lo extraordinario, siempre cubre una vergonzosa falta de sinceridad. Es así, cuando vislumbro la tapa verde de un ensayo de John Berger asomando por el bolsillo de una chaqueta, o unos pantalones bonitos pero rotos por el roce del talón; como se acuerda uno del valor real de lo cotidiano; rozando a esa mosca, otra mosca, que nace con los primeros rayos de primavera y vive probando la mierda de todos. Ella debe ser sin duda el auténtico dios, el dios-mosca del detalle, del esfuerzo y del discurrir, la artesana que no entiende de artistas y vive bailando en zig-zag bajo una nube multicolor vista en espectro ultravioleta, quotidie.

Para Andrés Luque Ruiz, por los detalles que he podido ver y vivir en su casa, y porque, desde su lectura de Machado en aquella sobremesa del 2007, las moscas ya nunca serán lo mismo.